El Liderazgo con Conocimiento y Estética

El Liderazgo con Conocimiento y Estética

El Liderazgo con Conocimiento y Estética. Latinoamérica se comporta muchas veces como una entidad homogénea. Las similitudes culturales y un trasfondo histórico común hacen que las sociedades de cada uno de los países que conforman el sub. – continente presenten comportamientos comunes en muchos casos.

Esto se puede observar en la evolución política y económica, en el mundo de los negocios, en la cultura, etc. y por ello es que hablar de “liderazgo” o de “globalización” en el contexto latinoamericano es algo que debe hacerse con cuidado.

De hecho, Latinoamérica siempre estuvo globalizada a escala continental, y ello se comprueba por la evolución histórica muy similar en cada uno de estos estados y naciones: en muchos casos, hasta los mismos próceres son compartidos, y ni hablar del idioma, las instituciones legales, las ideologías y hasta la religión.

Por ello, en términos de lo que es factible esperar en la política regional, la economía, el desarrollo humano y otros aspectos, creo que es axiomática la afirmación en el sentido de que para bien o para mal los procesos de liderazgo regionales son paralelos y están intrínsecamente ligados.

Esto quiere decir que ninguno de estos países y ninguno de sus componentes o sub-sistemas, como son las compañías comerciales, los sistemas educativos, los partidos políticos, etc. evolucionarán favorablemente de forma sostenida en el tiempo hasta que no se observe en las esferas de liderazgo ciertos comportamientos conducentes al progreso generalizado.

Durante muchos años hemos observado que diversos países de la región parecían evolucionar favorablemente: Argentina, Chile, México, Brasil, Venezuela y Colombia son algunos ejemplos de naciones de la región que han tenido sus primaveras, pero el hecho es que en ninguno de estos países el progreso y el desarrollo humano llegó a niveles aceptables para lo que sería un país desarrollado.

Consecuentemente, sus empresas comerciales, sindicatos y otras organizaciones que componen cada sociedad tampoco pueden desarrollarse, existiendo lo que podríamos llamar retroalimentación negativa que torna a la región cada vez menos competitiva respecto de otros bloques políticos y comerciales del mundo.

Lo que voy a decir constituye una afirmación puramente empírica de mi parte, y por ende resultaría desde luego discutible, pero creo que el verdadero desarrollo económico y humano en el mundo se produce cuando se dan dos factores esenciales, siendo el primero un elevado aprecio por el conocimiento en las esferas de liderazgo, y en segundo, un gusto por la estética a nivel social.

Que los líderes de una nación, empresa u organización en general estén bien formados y educados parece una verdad de perogrullo, pero gracias a cierta costumbre que tenemos los seres humanos en el sentido de tratar de estructurar todo de forma que nos resulte fácil comprender, creemos que tener por delante un líder bien preparado significa que tal persona posea un título universitario y con ello bastará.

Indudablemente que el conocimiento formal es necesario, pero los hechos muestran que con los títulos no basta para obtener un líder: muchos de los grandes demagogos y malos administradores de la historia poseían títulos universitarios, y muchos grandes líderes ni siquiera poseían educación estructurada.

Es decir, el conocimiento es una condición necesaria pero no suficiente para liderar, y la creencia de que un diploma garantiza la formación integral de un líder se puede inscribir dentro de lo atávico o mágico, pues la evidencia muestra que ello no necesariamente será así.

Lo que hace falta en el líder para que realmente gobierne bien en el mundo de hoy es el amor por el conocimiento en sí mismo, que no es lo mismo que poseer un atractivo diploma o una educación formal.

Cuidado, ello no significa que sería aconsejable prescindir de la capacitación terciaria, sino que muchas veces se la valora incorrectamente.

Ciertamente que el hecho de estudiar en una universidad nos permite obtener una serie de conocimientos necesarios y a veces indispensables para cumplir funciones de gestión, pero hay una cantidad de cosas que son requeridas para transformar a un simple administrador en un líder que no se puede obtener en una carrera de cinco o seis años porque o bien requieren de otra clase de experiencias, o bien no corresponden a la función que es propia de las Universidades.

Por ejemplo, la ética que debe tener todo líder no es algo que se pueda obtener en una institución educativa terciaria: una adecuada diferencia entre el bien y el mal depende de lo que ya se aprenda en el propio hogar.

El amor por las cosas bien hechas, por la calidad y la perseverancia tampoco constituyen conductas que se puede esperar aprender de un curso si en los veinte años de vida anteriores no se han asimilado. Estas cosas se aprenden en el hogar.

Lo que sí brindan las universidades, o deberían hacerlo, es la formalización del conocimiento en base a algo que se conoce como metodología científica. Las lecciones relativas a la epistemología y la filosofía de la ciencia son las menos apetecibles para muchos estudiantes, pero yo diría que a la hora de formar auténticos profesionales, científicos y líderes, son también las más importantes porque de ellas depende el adecuado encuadramiento mental de la montaña de datos que se estudian durante una carrera universitaria.

Es decir, no basta con que creamos que es posible obtener buenos líderes a partir de un grupo de graduados. Hace falta asegurarse de que la sociedad le imprima ciertas conductas a las personas mucho antes, y si vemos lo que diferencia a un líder de alguien que no lo es, podremos constatar que no necesariamente se trata de títulos, honores o profesiones, sino de conductas, y estas son hábitos, los hábitos son costumbres, y las costumbres se desarrollan con el tiempo, en el hogar, en las calles, etc.

Que esto ocurra, y que para ello no se piense que hay que recurrir a medios autoritarios constituye el mayor desafío de liderazgo político que enfrenta cualquier nación.

De aquí al futuro, la necesidad de formar líderes en base al estudio y mejoramiento de las conductas y conocimientos no académicos que conducen al auténtico amor por el conocimiento, se transforma en una necesidad estratégica para las sociedades latinoamericanas.

En la actualidad, la competitividad de las naciones, de las empresas, de los ejércitos, etc. no depende necesariamente de los recursos naturales, del financiamiento, o del tamaño de los arsenales, sino del conocimiento.

La fuerza y el dinero pueden permitirnos castigar o comprar, pero no crear, y precisamente es el conocimiento el que nos permite crear, adaptarnos y en definitiva competir. Nunca vamos a poder competir destruyendo o comprando, y difícilmente podamos asumir roles de auténtico liderazgo haciendo tales cosas puesto que quien maneje el conocimiento siempre podrá inventar algo más destructivo que lo que tengamos, o nuevas formas de ganar más dinero del que disponemos nosotros.

Por ello, solamente si empezamos a ver que es el conocimiento el que nos abre las puertas del futuro y nos brinda alguna perspectiva, aunque sea para resolver los problemas presentes, estos países empezarán a progresar de forma concreta y consistente.

De lo contrario, cualquier esfuerzo que se haga, por loable que sea, estará destinado al fracaso, y aquellas naciones que en un momento dado parezcan remontar vuelo de una vez solamente estarán entrando en un período de bonanza de vida limitada y engañosa, porque al estar toda la región globalizada e integrada en los hechos desde hace generaciones, lo bueno y lo malo se contagia.

Si lo bueno es la excepción y lo malo es la regla, entonces será esto último lo que prevalecerá por peso propio y esto es lo que explica por qué una y otra vez los países de la zona vuelven a caer en el sopor de siempre. Hasta que no aparezcan cambios de mentalidad, particularmente en los líderes que son los que deben impulsar a sus naciones, organizaciones, etc. este ciclo no se va a revertir.

Dichos cambios deben aparecer al mismo tiempo y en todos los países del hemisferio. De nada sirven las excepciones, los “milagros económicos” y hasta los líderes individuales, y para que tal cosa ocurra podemos elegir dos vías: la relativamente rápida, gracias a un buen liderazgo consciente de estas cosas y con la intención de provocar cambios, o bien la lenta, que dependerá de la evolución social, y a esto la historia ya le ha puesto un nombre, y se llama Edad Media.

Es el conocimiento el que permite crear nuevas ideas, nuevas formas de ganar dinero y también nuevos medios para ejercer la fuerza si es necesario. En otras palabras, es el saber y el aprecio por el desarrollo de las ideas lo que nos evita muchos males. Quien desprecia el conocimiento se desprecia a sí mismo pues olvida que la característica esencial que identifica a los seres humanos del resto de los animales es la inteligencia.

En las sociedades de Latinoamérica el conocimiento está profundamente sub – valuado y con ello es toda la región la que se condena al fracaso crónico pues se quita a sí misma la posibilidad de desarrollar nuevas soluciones para viejos y nuevos problemas.

Ya sea por cuestiones políticas, ideológicas, etc. son muy contados los casos en los que los gobiernos han estimulado el desarrollo del conocimiento en cualquier forma, y en las raras excepciones en las que tal cosa ocurrió, los resultados han sido notables: la industria aeronáutica del Brasil y el desarrollo de la energía atómica en la Argentina son dos casos notables que han permitido generar actividades rentables y competitivas a escala mundial.

Son escasas las compañías latinoamericanas que cuentan con sus propios departamentos de investigación y desarrollo, son exiguos los presupuestos asignados por los gobiernos al progreso de la ciencia, la técnica y las artes, y pretender que se trata de naciones con escaso financiamiento no es excusa sino la demostración de la falta de entendimiento que existe por el tema, pues precisamente se trata de desarrollar los conocimientos para obtener mayores recursos.

Pero siendo las compañías comerciales las entidades que por excelencia tienden a ser más racionales, probablemente la clave para desarrollar verdaderas instituciones del conocimiento con aplicaciones prácticas desde un punto de vista del mercado y a la vez útiles socialmente y con posibilidades de alterar y revertir el ciclo de decadencia prematura que afecta a la región, creo que es necesario tratar de difundir en el contexto del mundo empresario la noción de que invertir en investigación y desarrollo constituye un plan de largo plazo pero altamente rentable.

Las instituciones políticas y sus líderes si han demostrado algo en la región, es que no constituyen la mejor elección para invertir con el propósito de iniciar algún tipo de cambio. Los líderes políticos están asociados a las apetencias del electorado, y sin querer resultar despectivo, el electorado, siendo la media social, muchas veces no aprecia a tiempo este tipo de cosas simplemente porque tiene otro tipo de necesidades inmediatas y precisamente deja o delega esta clase de decisiones en los líderes que elige.

Pero aquí se puede ver con claridad una paradoja de la cual es necesario salir de una vez, y es que los líderes políticos que deberían ver más allá de las próximas elecciones solamente toman en consideración para definir sus estrategias lo que el electorado les pide con inmediatez, siendo que precisamente la sociedad les pretende delegar ciertas atribuciones para que encaminen el destino de pueblos enteros lo cual, por definición, no es inmediato sino estratégico.

De todo esto podemos concluir que además de la ignorancia y de las trampas ideológicas que muchas veces caracterizan a nuestra dirigencia política, es necesario salir del círculo vicioso que un mal entendimiento fundamental que el ciclo eleccionario ha provocado.

Hasta aquí lo que le concierne a los líderes latinoamericanos.

Por otra parte y como mencioné, otro aspecto necesario para que se observe un buen liderazgo en el largo plazo lo constituye el aprecio por la estética dentro de la sociedad. Esto puede parecer poco relacionado con el liderazgo político o empresario, pero basta ver dos o tres cosas:

Lo que conocemos como el “mundo desarrollado” no se caracteriza por un determinado poderío económico, una historia imperialista y ni siquiera el alto desarrollo de los mercados. Islandia es un país desarrollado, mientras que Brasil o la Argentina no lo son.

No es tampoco una cuestión de “la cultura anglosajona”, pues Japón y Singapur no pertenecen ni siquiera a la generalidad de la cultura occidental.

Pero si se empieza a observar en detalle a todos estos países y consecuentemente, a las organizaciones que les constituyen, tanto las civiles como las estatales, se puede observar que siempre se ha prestado en su seno una atención particular a algo tan sencillo y a veces aparentemente superfluo como es el aspecto estético de las cosas.

En Alemania los ferrocarriles han estado en manos del gobierno por muchos años. Yo he vivido allí, soy ciudadano europeo, conozco la región y puedo afirmar que sin ninguna duda los ferrocarriles alemanes – mientras pertenecían al estado – brindaban un servicio excelente, y prácticamente lo mismo puede decirse de los suizos, los suecos, holandeses, etc.

Por el contrario, muchas compañías latinoamericanas, como Aerolíneas Argentinas, empeoraron notablemente su calidad de servicio al ser privatizadas, y ni que decir del destino de otras como VIASA, que han desaparecido.

Es decir, esto tampoco depende dogmas liberales, comunistas, socialistas ni nada por el estilo, sino que la administración y el servicio propio de estas organizaciones depende de otros factores, y el principal es la demanda del público.

Si en el seno de la sociedad existe un aprecio por lo estético, entonces empezará por demandar algo tan sencillo como que resulte al menos agradable a la vista, y si bien es posible pasar un poco de pintura encima de algo viejo para que no parezca decrépito, ello ya constituye un adelanto, pues en nuestras sociedades ni siquiera tal cosa sucede.

De esto podemos concluir que hasta en las empresas debe existir un interés social, pues por un lado, las ventas resultarán siempre mejores si la gente está bien económica y anímicamente, pero por otra parte, porque del capital cultural de la sociedad dependerá intrínsecamente la competitividad de las compañías comerciales de cara a sus propios países de origen y también al mundo.

Dicho de otra forma, la mejor manera de ganar dinero a largo plazo puede ser, paradójicamente, pensar en otras cosas que no sean dinero como la educación y el bienestar de quienes son, en definitiva, los consumidores primarios y clientes de la compañía.

Si los propios ciudadanos no se molestan en muchos casos en tratar de que las ciudades en donde viven sean más agradables a la vista, si no decoramos o refaccionamos nuestras casas, si no nos preocupamos por nuestros jardines y nuestros vehículos, entonces tampoco nos importará demasiado que nos traten mal en los medios de transporte, que nos cueste mucho dinero un mal servicio, o que el municipio no limpie las aceras y allí es donde empieza gran parte del problema porque si se supone que – por ejemplo – el gobierno debe cumplir su parte del trato brindando servicios públicos de calidad y no lo hace porque nos conformamos con algo inferior, entonces allí tendremos la primera ruptura de contrato que luego conducirá a los abusos y a la corrupción.

El hecho de demandar algo agradable a la vista, simple como parece, constituye la base para cualquier ulterior demanda de calidad, y sin que a los líderes se les exija algo, jamás se obtendrá un buen resultado, y como los líderes son tan humanos como nosotros, no se les puede pedir que piensen todo el tiempo sin equivocarse. A veces hay que recordarles las cosas.

Las compañías comerciales – a diferencia de muchos políticos – pueden mejorar su credibilidad y en este sentido, les resulta relativamente fácil emprender campañas de educación destinadas a cosas tan sencillas como el mejoramiento de parques, la restauración de edificios y otras obras de bien público que brindan una buena publicidad en el corto plazo y un excelente efecto a gran escala.

Sabemos que las empresas deben competir y que de ello se beneficia el consumidor. Del mismo modo, que la gente aprecie lo que es bueno y no se conforme con cosas mediocres reside en la base del éxito de cualquier sociedad, pues entonces lo bueno se transforma en demanda del mercado, electoral y hasta en normas industriales y legales.

Si el aprecio estético no constituye un valor cultural, entonces tampoco habrá necesidad de brindar algo agradable a los sentidos por parte de los gobiernos, las empresas y en general todo tipo de corporaciones.

Si a esto le sumamos que la “buena vida” que observamos en el mundo desarrollado en todo sentido empieza por lo estético y hasta lo hedonista aunque indudablemente posee otras cualidades, entonces no debe sorprendernos el hecho de que al conformarnos con servicios públicos decrépitos, productos paupérrimamente presentados y servicios de segunda clase, nuestras sociedades no posean ni buenos líderes ni aporten resultados satisfactorios.

Si el estado no se organiza para limpiar las ciudades, entonces menos lo menos podrá hacer algo para combatir la pobreza, brindar justicia o seguridad, pero no habrá limpieza de calles y recolección de residuos eficiente si así no lo demanda la gente.

Y hasta aquí lo que le concierne a gente en general respecto de este problema.

El funcionamiento de una organización debe ser siempre un constante ejercicio equilibrado de poder entre los líderes y los subordinados.

Estos comentarios pueden parecer muy generales o inconexos de las funciones de liderazgo más evidentes, pero la formación de buenos líderes es esencial para una gestión ordenada, sustentable, progresiva y racional.

En casi todos los casos, al analizar la problemática del liderazgo tendemos a ver aspectos que resulten evidentes, pero lo importante para comenzar es el substrato. Las bases filosóficas, éticas y estratégicas del liderazgo no constituyen ninguna vaguedad sino la materia a partir de la cual se construirá todo lo demás, y si no las entendemos no habrá posibilidad alguna de obtener líderes y organizaciones de calidad.

Pretender obtener buenos líderes sin pensar en términos estratégicos y educativos es como desear construir una gran catedral sin detenerse a calcular sus cimientos.

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